En la entrada de la Sacristía Mayor de la Catedral de Sevilla se encuentran dos armarios de gran valor artístico y simbólico que, más allá de su función práctica, constituyen un verdadero programa iconográfico ligado a la teología de la Eucaristía. Estas piezas, destinadas originalmente a guardar la plata del altar del Corpus Christi, fueron decoradas en 1743 por el escultor barroco Pedro Duque Cornejo y Roldán mediante relieves tallados en madera sin policromar.
Los armarios presentan escenas bíblicas relacionadas con el Éxodo, centradas especialmente en las figuras de Moisés y Aarón y en el milagro del maná, un episodio clave de la tradición judeocristiana. Según el libro del Éxodo, el maná fue el alimento enviado por Dios al pueblo de Israel durante los cuarenta años de su peregrinación por el desierto tras abandonar Egipto. Los israelitas lo llamaron así al preguntarse sorprendidos “¿qué es esto?”, al verlo aparecer cada día, salvo en sábado. Por ello debían recoger doble ración el sexto día para poder descansar el séptimo.

En la tradición cristiana, este alimento milagroso se interpreta como una prefiguración de la Eucaristía: el pan del cielo que anticipa el cuerpo de Cristo. El propio Jesús estableció esta relación durante su discurso eucarístico en Cafarnaúm, al presentarse como el verdadero “pan de vida”.
Entre los relieves destaca la representación de Aarón, figura fundamental en la historia bíblica. Hermano mayor de Moisés, perteneciente a la tribu de Leví, fue considerado el fundador del sacerdocio judío. Según el relato del Éxodo, Aarón acompañó a Moisés en la liberación de los israelitas, actuando como su portavoz ante el faraón debido a la dificultad de habla de su hermano. Su vida estuvo marcada por episodios de liderazgo y también de debilidad humana, como la fabricación del becerro de oro durante la travesía por el desierto, cuando el pueblo reclamó una imagen visible para su culto.
La tradición señala que Aarón murió a los 123 años en el monte Hor, donde transmitió el sumo sacerdocio a su hijo Eleazar, consolidando la línea sacerdotal aarónica. Sus hijos mayores, Nadab y Abiú, habían muerto previamente tras transgredir las estrictas normas del sacerdocio.
Otro de los episodios representados es el de Adán y Eva en el Paraíso Terrenal. La escena recuerda el relato del Génesis en el que la primera pareja humana es expulsada del Edén tras comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. La desobediencia introduce el pecado en el mundo y rompe la relación entre la humanidad y Dios. En la interpretación cristiana, Jesucristo aparece como el “nuevo Adán”, cuya entrega redentora restaura lo que se perdió con el pecado original, siendo la Eucaristía el sacramento que restablece esa unión.
El programa decorativo se completa con veinte figuras de santas mártires, representadas individualmente o en parejas. No todas han podido identificarse con certeza debido a la ausencia o pérdida de sus atributos simbólicos, aunque entre ellas se reconocen figuras como Santa Catalina de Alejandría, Santa Inés, Santa Cecilia, Santa Águeda, Santa Lucía, Santa Leocadia, Santa Rosa de Lima y Santa Catalina de Siena.



Aunque el conjunto presenta una calidad desigual y carece de excesivos pormenores, se observa que el escultor puso especial cuidado en las figuras femeninas para evitar la monotonía compositiva. Las primeras esculturas destacan por la mayor movilidad de sus vestiduras y por una composición más dinámica.
El martirio de estas santas, testimonio extremo de fe y entrega, refuerza el sentido espiritual del conjunto. Al igual que la Eucaristía, su sacrificio simboliza el amor absoluto y la entrega total que constituyen el núcleo de la vida cristiana. Así, los armarios de la Sacristía Mayor no solo cumplen una función práctica dentro del templo, sino que también ofrecen una profunda lectura teológica a través del arte barroco, integrando historia bíblica, tradición litúrgica y devoción cristiana en un mismo espacio.