En el vasto y complejo universo artístico de la Catedral de Sevilla, donde conviven siglos de fe y creación, existen imágenes que pasan casi desapercibidas para el gran público, pero que encierran un profundo valor histórico y devocional. Una de ellas es la Virgen de la Estrella, escultura renacentista del siglo XVI conservada en la capilla que lleva su nombre dentro del templo metropolitano.
Datada en torno a la década de 1530, la imagen se inscribe en un momento decisivo para la historia de la Iglesia y del arte sacro. Su autoría tradicional se atribuye a Nicolás de León, entallador activo en la Sevilla del primer Renacimiento, aunque no se conserva documentación contractual que lo confirme. Esta atribución ha sido estudiada por la historiografía artística, destacando el trabajo pionero de José Hernández Díaz, publicado en 1935 bajo el título Nicolás de León, entallador, que sigue siendo una referencia obligada para entender este periodo.
Aunque la Virgen de la Estrella es anterior al Concilio de Trento (1545–1563), su concepción responde ya a los principios que la Iglesia reafirmaría tras la Reforma protestante. Lejos de cualquier exceso expresivo, la escultura presenta a María como figura serena, clara y doctrinal, pensada para instruir y conmover al fiel desde la contemplación, no desde el dramatismo.
La advocación de la Estrella conecta con la antigua tradición de María como Stella Maris, guía segura del creyente. En la Sevilla del siglo XVI —ciudad abierta al mundo y a las tensiones religiosas de su tiempo— esta iconografía adquirió un valor especial: María aparece como mediadora, protectora y referencia espiritual, en sintonía con la mariología defendida por la Iglesia católica frente a la crítica protestante al culto de las imágenes.
La Catedral de Sevilla fue, durante el Renacimiento y la Edad Moderna, un auténtico espacio de pedagogía visual. En ella, las imágenes no eran solo objetos artísticos, sino herramientas para enseñar la fe a través de la mirada. La Virgen de la Estrella participa de este programa: una imagen destinada al recogimiento, al rezo íntimo, al diálogo silencioso entre el fiel y lo sagrado.
Su actual presentación en un retablo barroco fechado en 1695, obra de Jerónimo Franco, demuestra además la continuidad de su culto. El marco barroco, más dinámico y ornamental, envuelve una talla renacentista de líneas más contenidas, creando un diálogo entre épocas que refleja la evolución de la sensibilidad religiosa sin romper con la tradición.
Sin la notoriedad de otras advocaciones marianas catedralicias, la Virgen de la Estrella constituye una pieza esencial del patrimonio devocional sevillano. Su importancia radica no solo en su valor artístico, sino en su capacidad para explicar un momento histórico en el que la imagen mariana se consolidó como pilar de la espiritualidad católica.
Hoy, en el silencio de su capilla, esta Virgen sigue cumpliendo la función para la que fue concebida hace casi quinientos años: orientar, acompañar y recordar, como una estrella fija, el lugar central de María en la tradición cristiana y en la historia cultural de Sevilla.