Se cumple el quinto centenario de uno de los acontecimientos más brillantes en la historia de la Catedral de Sevilla: la llegada del emperador Carlos V para contraer matrimonio con su prometida, Isabel de Portugal dejando un legado devocional y artístico que hoy custodiamos como parte fundamental de nuestro tesoro patrimonial.
La recepción del Emperador el 10 de marzo de 1526 convirtió las Gradas de la Catedral en un despliegue de arquitectura efímera sin precedentes. Para su entrada triunfal, se alzó el majestuoso Arco de la Gloria, una estructura donde las personificaciones de la Fama y la Gloria coronaban simbólicamente al monarca.
A la sombra de la torre, futura Giralda, el arco estaba rodeado por representaciones de súbditos de diversas naciones —romanos, alemanes, indios y moriscos—, simbolizando la inmensidad de un Imperio que reconocía en la Catedral su centro espiritual antes de la unión dinástica.
Al aproximarse al templo, el ceremonial adquirió un tono estrictamente sacralizado. En la emblemática Puerta del Perdón, el Cabildo mandó erigir un ático efímero que simulaba la bóveda celeste. En sus hornacinas, los niños del coro, vestidos de ángeles y virtudes, recibieron al César con suaves melodías mientras este cruzaba el umbral hacia el interior del templo bajo un riquísimo dosel de brocado de tres altos.
Dado que el monarca hizo su entrada ya anochecido, la oscuridad fue vencida por un espectáculo de luz compuesto por cientos de hachas de cera y antorchas. Este despliegue lumínico guió la comitiva en una procesión resplandeciente que conectaba la solemnidad de la Catedral con los Reales Alcázares, donde la Emperatriz aguardaba su llegada.
El legado de la Emperatriz y la Capa Imperial
Aunque Isabel de Portugal ya se encontraba en la ciudad desde el día 3 de marzo, su vínculo con la Catedral fue inmediato y profundo. De gran fe mariana, quedó cautivada por la imagen de la Virgen de la Antigua, cuya capilla honró en su testamento legando figuras infantiles de plata para la Señora “Mando que den a nuestra señora del antigua que es en la iglesia mayor de la ciudad de sevilla tantos niños de plata quantos hijos y hijas dios me diere y a de pesar cada uno dellos çinco marcos de plata”.
Como testimonio material de este enlace, la Catedral custodia la Capa de Carlos V. Esta pieza de suntuosa técnica textil, bordada con hilos de oro y seda, permanece como el vínculo entre la majestad imperial del César y la espiritualidad de la Catedral de Sevilla, evocando una época en el que la ciudad logró deslumbrar al mundo entero a través de conjunción de la Fe y el arte. El enlace, celebrado en los vecinos Reales Alcázares, dejó en nuestra Catedral una huella devocional y artística que a día de hoy seguimos custodiando.

Con el firme propósito de garantizar su salvaguarda y correcta puesta en valor, el Cabildo Catedral dispuso una vitrina de alta precisión, diseñada específicamente para su exposición permanente. Este espacio expositivo cuenta con rigurosas condiciones de control climático y estabilidad lumínica, permitiendo que fieles y visitantes admiren diariamente esta pieza imperial en un entorno que asegura su integridad para las generaciones venideras.