La Catedral de Sevilla no solo es memoria arquitectónica y artística; también es el depósito de legados que han marcado profundamente su patrimonio litúrgico y cultural. Entre esas aportaciones destaca, por su relevancia material e histórica, el legado del cardenal Diego Hurtado de Mendoza y Quiñones, Arzobispo de Sevilla a finales del siglo XV y uno de los prelados más influyentes de la transición entre la Edad Media y el Renacimiento en España.
Nacido en Guadalajara en 1444 y perteneciente a una de las familias nobles más poderosas del reino, Hurtado de Mendoza fue nombrado arzobispo de Sevilla en 1485 y creado cardenal por el papa Alejandro VI en 1500. Su breve gobierno pastoral, interrumpido por su muerte en 1502, dejó huellas que aún hoy se aprecian en la Catedral de Santa María de la Sede.
Aunque la documentación testimonial de su legado es fragmentaria, los estudios de los fondos artísticos de la Catedral y las investigaciones académicas sobre su patrimonio permiten reconstruir parte de su aportación. El cardenal Hurtado de Mendoza legó objetos de orfebrería sacra y piezas suntuarias de oro y plata dedicados al culto sagrado, muchos de ellos procedentes de finales del siglo XV y principios del XVI y destinados a enriquecer el ajuar litúrgico del templo hispalense en un período de transición artística entre el gótico tardío y el renacimiento.




Investigaciones académicas también señalan que donó una cruz de altar gótica con sus armas y los llamados “candeleros alfonsíes”, elementos vinculados al tránsito artístico de finales del XV. Estas piezas, junto a un relicario de la Santa Institución de finales del siglo XV, formaron parte del ajuar litúrgico que el cardenal confió a la Catedral para celebrar solemnidades y fiestas del calendario cristiano.
Estos objetos, preservados en el Tesoro y la Sacristía Mayor de la Catedral, constituyen un legado esencial para entender cómo los prelados patrocinaban arte sacro con el propósito de intensificar la liturgia y la devoción en la Catedral.
Quizás la aportación más visible —y también la más celebrada artísticamente— es su propio sepulcro renacentista, situado en la Capilla de la Virgen de la Antigua, una de las estancias más emblemáticas del templo. Aunque el monumento funerario fue encargado y sufragado por su hermano, el conde Íñigo López de Mendoza, para cumplir la voluntad testamentaria del cardenal, hoy se reconoce como parte inseparable del legado que él mismo quiso vincular a la Catedral.

El sepulcro, ejecutado en mármol de Carrara por el escultor italiano Domenico Fancelli en 1510, es uno de los primeros ejemplos de escultura renacentista en el templo y sirvió de modelo para posteriores monumentos funerarios en España. Su presencia en la Catedral —arcosolio con figura yacente, relieves con escenas religiosas y escudos familiares— expresa no solo la devoción personal de Hurtado de Mendoza, sino también su apuesta por introducir formas artísticas nuevas en la Sevilla de su tiempo.
Hoy, el legado de Hurtado de Mendoza se mezcla con el vasto corpus artístico de la Catedral de Sevilla, desde relicarios y ornamentos hasta libros litúrgicos y piezas de orfebrería. En la Sala de Orfebrería del templo se conserva parte de ese rico patrimonio que, en su momento, fue ampliado por donaciones de prelados, cabildos y devotos.
Aunque no siempre fácil de atribuir directamente —por la dispersión documental y la reutilización de bienes a lo largo de los siglos—, el impacto de las donaciones del cardenal es incuestionable: consolidan un momento de transición en el que la Catedral de Sevilla no solo afirmaba su grandeza espiritual, sino también su centralidad como depositaria de arte y patrimonio en la Europa de su tiempo.