“Justa y Rufina, hermanas sevillanas, pobres en bienes, pero riquísimas en virtudes”. Con estas palabras comienza el texto escrito por san Isidoro de Sevilla y reconocido por la Iglesia como rezo oficial para la festividad de las dos mártires.
Hoy, 17 de julio, la Catedral de Sevilla celebra la memoria de Santa Justa y Santa Rufina con el oficio de lectura, laudes y misa conmemorativa en la Capilla Real a las 9:30 horas. Durante toda la semana, además, la capilla catedralicia dedicada a las santas permanecerá abierta y adornada con flores.
Dos jóvenes fieles a su Fe
Justa y Rufina nacieron en Sevilla entre los años 268 y 270, en el seno de una familia modesta y de firmes convicciones cristianas. Ambas se dedicaban a la venta de objetos de cerámica junto a la puerta de Triana.
Según la tradición martirial, fueron detenidas en el año 287 por orden del prefecto romano Diogeniano tras negarse a entregar el donativo que les exigía el cortejo de la diosa Salambona. Fueron torturadas y encarceladas, pero no renunciaron a su fe.
Por ello, en sus representaciones aparecen habitualmente la palma del martirio y los recipientes de barro propios de su oficio de alfareras. La iconografía sevillana añadió también la Giralda, símbolo de la estrecha relación entre las santas y la ciudad.
Estas santas ostentan, además, el patronazgo de Sevilla, vinculado al episodio milagroso que, según la tradición, protagonizaron durante el terremoto de 1504, cuando habrían salvado por su intercesión el alminar catedralicio.
Una singular pintura de Ignacio de Ríes
Entre las obras dedicadas a las santas que conserva la Catedral destaca la pintura Santas Justa y Rufina, atribuida al artista sevillano de origen flamenco Ignacio de Ríes y realizada entre 1650 y 1655.
Como explica Antonio Rodríguez Babio, canónigo de la Catedral de Sevilla y delegado diocesano de Patrimonio Cultural, Ríes fue discípulo de Zurbarán y debió de formarse y colaborar en su taller.
La pintura forma pareja con otra dedicada a san Isidoro y san Leandro y se conserva actualmente en la sacristía de la Capilla de la Antigua.
En ella, las santas aparecen con la Giralda entre ambas, aunque no como una pequeña maqueta sostenida en sus manos. La torre se sitúa en la lejanía, integrada en una amplia vista de la Catedral y de su entorno urbano.

Una Sevilla del siglo XVII
Rodríguez Babio señala que el paisaje está representado «al estilo de ciudad ideal», aunque incluye edificios y espacios reconocibles de la Sevilla de mediados del siglo XVII.
Uno de los detalles más llamativos es que la Giralda aparece sin las varas de azucenas que coronan sus jarras. Estas flores de bronce fueron colocadas en 1751, aproximadamente un siglo después de la realización de la pintura.
Bajo la torre puede distinguirse el Corral de los Olmos, antigua sede de los cabildos secular y eclesiástico de la ciudad, derribado en la segunda mitad del siglo XVIII. También aparece la primitiva Puerta de los Palos, construida con gruesos maderos y situada en uno de los arcos que comunicaban la Giralda con el Palacio Arzobispal.
Tras ella se levanta el ábside de la Capilla Real y su cúpula. Al otro lado de la Giralda, según la descripción de Antonio Rodríguez Babio, puede reconocerse la fachada de la Catedral orientada hacia la actual calle Cardenal Amigo Vallejo, con la Puerta del Lagarto y las naves del templo gótico.
Entre Zurbarán y Murillo
Ante este paisaje, las santas aparecen bajo un cielo cubierto de nubes, sosteniendo las palmas del martirio y sus recipientes de cerámica. También destaca la elegancia de sus vestiduras y joyas, que suavizan el rígido esquema de la composición.
Siguiendo la apreciación del recordado catedrático Enrique Valdivieso, Rodríguez Babio señala que en la pintura conviven la gravedad y el estatismo propios de Zurbarán con la amabilidad expresiva que caracteriza a Murillo.