La solemnidad de la Epifanía del Señor, celebrada en el tiempo litúrgico de la Navidad, conmemora uno de los momentos más significativos del cristianismo: la manifestación de Jesucristo como Salvador del mundo. Es el instante en que el Niño Dios, nacido en la humildad de Belén, es reconocido y adorado por los Magos venidos de Oriente, representantes de los pueblos y naciones que acuden a la luz de la fe. En este clima de paz y esperanza se enmarca el mensaje navideño del Excmo. Cabildo Catedral de Sevilla, que desea una Feliz Navidad y un próspero año 2026, lleno de paz y esperanza, recordando las antiguas palabras de la calenda de Navidad:
«Estando todo el orbe en paz, Jesucristo, dios eterno e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar el mundo con su piadosísima venida, concebida por el Espíritu Santo, nueve meses después de su concepción, nace en Belén de Judea, hecho hombre»
Esta verdad teológica encuentra una de sus expresiones artísticas más elocuentes en la pintura La Epifanía, realizada en 1669 por el maestro flamenco Jacob Jordaens, obra que se conserva en la Catedral de Sevilla. El lienzo forma pareja con una Circuncisión de Jesucristo, ambas expuestas en la Capilla Bautismal, y constituye un ejemplo destacado de la excepcional colección de pintura flamenca que atesora el templo metropolitano.
Fiel a su estilo, Jordaens construye una escena de intenso barroquismo y marcada teatralidad, donde la abundancia de personajes se equilibra con una profunda carga espiritual. Aunque el cromatismo resulta más sobrio que en otras obras del pintor, la riqueza del color se distribuye con armonía a lo largo del lienzo, reforzando la solemnidad del acontecimiento representado.
La composición se articula en torno a la Sagrada Familia, verdadero eje visual y teológico de la escena. La Virgen María, presentada como Trono de Dios, sostiene en su regazo al Niño Jesús y lo ofrece a la adoración de los Magos, que acuden con los tradicionales dones de oro, incienso y mirra, símbolos de la realeza, la divinidad y el sacrificio redentor de Cristo. María cubre al Niño con un elegante manto azul, mientras la túnica blanca de Jesús potencia los valores inmaculistas, subrayando su pureza y condición divina.
El lienzo puede dividirse en tres ámbitos claramente definidos: el de la Sagrada Familia, cargado de unción espiritual; el de los Reyes Magos, caracterizado por la riqueza suntuaria de sus vestiduras y bordados; y el del cortejo que los acompaña, donde el exotismo y la singularidad aportan profundidad narrativa a la escena. Históricamente, los Magos han sido interpretados como la personificación de las edades del hombre o de los continentes entonces conocidos —Europa, Asia y África—, reforzando así la universalidad del mensaje cristiano.
Tras haber sido adorado por los pastores, símbolo de los humildes y los pobres, Cristo recibe ahora el reconocimiento de quienes representan el poder, la sabiduría y la autoridad del mundo. La Epifanía se manifiesta, por tanto, como la revelación plena del Mesías esperado, del Salvador que viene a consagrar el mundo con su presencia.
Desde esta perspectiva cristiana, la escena invita también a una reflexión personal y comunitaria. Al igual que los Magos, que no se acercan al Señor para recibir, sino para dar, cabe preguntarse: ¿hemos llevado algún presente a Jesús en esta Navidad, o nos hemos intercambiado regalos solo entre nosotros? La respuesta a esta pregunta interpela a la conciencia del creyente y abre el camino hacia una fe vivida desde la entrega, la adoración y el compromiso.
En el silencio solemne de la Catedral de Sevilla, la Epifanía de Jacob Jordaens continúa proclamando, siglos después, un mensaje plenamente vigente: una llamada a la paz, la esperanza y la generosidad, que invita a comenzar el nuevo año con la mirada puesta en Aquel que se manifiesta al mundo como luz para todos los pueblos.


