Un estudio del que fuera maestro de cAPILLA durante cuarenta años, D. Herminio González Barrionuevo, analiza la historia, el significado litúrgico y la tradición musical de esta solemne proclamación
La tradición de esta proclamación —conocida también como Exultet— ha sido estudiada por D. Herminio González Barrionuevo, quien durante cuarenta años ejerció como maestro de capilla de la Catedral hispalense. Su investigación profundiza en el origen histórico, la riqueza literaria y la singularidad musical de este texto que constituye uno de los momentos centrales de la Vigilia Pascual celebrada en la noche del Sábado Santo y entendida como la liturgia más importante del año cristiano, conmemorando la Resurrección de Jesús.
El Pregón Pascual es una plegaria lírica que el diácono entona al inicio de la liturgia pascual para bendecir el cirio, símbolo de Cristo resucitado. Desde los primeros versos —«Exulten por fin los coros de los ángeles…»— el texto convoca a la Iglesia, a los fieles e incluso a toda la creación a celebrar la victoria del Señor sobre la muerte.





Una tradición que nace en la Iglesia primitiva
El origen del Pregón se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Su antecedente más remoto es el antiguo rito del lucernario, la ceremonia de encender las lámparas al anochecer que los primeros cristianos cargaron de significado simbólico al relacionarlo con Cristo, “luz del mundo”.
Con el paso del tiempo, este gesto fue adquiriendo forma litúrgica hasta cristalizar en el texto del Pregón Pascual, que comenzó a fijarse entre los siglos IV y VII. De aquel período se conservan distintas composiciones para la bendición del cirio pascual, procedentes de diversas regiones de Europa, aunque terminaría imponiéndose la versión conocida como Exultet.
Su belleza literaria y su densidad teológica lo han convertido en una de las páginas más singulares de la tradición litúrgica cristiana.
Poesía y teología en la noche de Pascua
El Pregón Pascual se desarrolla como una proclamación solemne en tres grandes momentos. Primero, una invitación universal a la alegría de la Pascua; después, la bendición del cirio, que simboliza a Cristo resucitado; y finalmente una oración que contempla el misterio de la redención.
En sus versos se entrelazan símbolos bíblicos y referencias teológicas: la luz del cirio recuerda la columna de fuego que guiaba al pueblo de Israel en el desierto y la noche pascual se convierte en el momento en que cielo y tierra se reconcilian.
Entre las frases más conocidas destaca una exclamación que ha fascinado a teólogos y literatos durante siglos: «¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!», expresión que resume el misterio cristiano de la salvación.
Una música que es más recitación que canto
Desde el punto de vista musical, el Pregón Pascual pertenece a una antigua tradición de recitación litúrgica conocida como cantilación. La mayor parte del texto se entona sobre una misma nota, con ligeras inflexiones melódicas en las cadencias, de modo que la música sirve sobre todo para resaltar el sentido del texto.
Este tipo de interpretación se encuentra también en otros textos solemnes de la liturgia, como los prefacios de la misa o las lecturas bíblicas. El resultado es una declamación solemne que, más que cantar, parece proclamar con gravedad y belleza el misterio que celebra.
La huella sevillana
El estudio de González Barrionuevo muestra también cómo la Catedral de Sevilla desarrolló durante siglos una tradición propia en la interpretación del Pregón Pascual. Antes de la implantación del misal romano tras el Concilio de Trento, el templo utilizaba textos y melodías vinculados a la tradición litúrgica de Toledo.
Manuscritos conservados en la Biblioteca Capitular y Colombina, muchos de ellos del siglo XV, evidencian que en Sevilla se cantaba una versión inspirada en el llamado “tono hispano” de las Lamentaciones del Sábado Santo, reflejo de la riqueza y diversidad de la liturgia medieval.
El anuncio de la luz
Hoy, siglos después de su origen, el Pregón Pascual sigue resonando cada año en la Catedral de Sevilla en la gran noche de la Vigilia. Cuando la llama del cirio pascual se alza en la oscuridad del templo y el diácono entona las primeras palabras, se repite un gesto que une tradición, fe y belleza.
Una proclamación que, como recuerda el propio González Barrionuevo, no es sólo un texto litúrgico, sino un anuncio jubiloso de Cristo como “luz de las gentes y Señor de la historia”, destinado a resonar en la noche que abre el día de la Pascua.