Juan Francisco Muñoz y Pabón (Hinojos, Huelva, 1866‑Sevilla 1920) fue un personaje singular dentro de la vida religiosa y social de Sevilla a principios del siglo XX. Canónigo lectoral del templo metropolitano, escritor y predicador, su papel no solo marcó la vida religiosa de la ciudad, sino que quedó inscrito en la memoria colectiva como ejemplo de defensa de la justicia y la dignidad humana desde una perspectiva profundamente religiosa.
Muñoz y Pabón, además de su labor pastoral en la Santa Iglesia Catedral, fue un autor prolífico con obras literarias y artículos periodísticos en los que expresaba, con sensibilidad y rigor, sus ideas sobre la fe y la sociedad. La Academia de Buenas Letras de Sevilla reconoció su figura como “sacerdote ejemplar en su ministerio”, un hombre cuya voz de predicación y escritura reflejaba siempre una profunda vocación de justicia social desde la fe cristiana.
El episodio que lo catapultó —para bien y para polémica— al corazón de la ciudad tuvo lugar tras la muerte de José Gómez Ortega, “Joselito el Gallo”, uno de los toreros más emblemáticos y queridos por el pueblo sevillano. Su trágico fallecimiento en 1920 provocó un profundo duelo y la petición de que sus exequias se celebraran en la Catedral. No obstante, una parte de la alta sociedad y aristocracia sevillanas se opuso, alegando que un torero —y además de origen gitano— no merecía semejantes honores en el principal templo de la diócesis.
Ante este debate, Muñoz y Pabón tomó la defensa pública del funeral: escribió varios artículos en El Correo de Andalucía, defendiendo no solo la celebración del rito, sino la justicia espiritual que representaba abrir las puertas de la Catedral a todos los fieles sin exclusión. En sus escritos apeló a una visión de fe donde el amor, la dignidad y el acompañamiento cristiano de los muertos eran valores superiores a cualquier prejuicio social o estamental.
Para Muñoz y Pabón, celebrar las honras fúnebres en la Catedral no era un acto de exaltación mundana, sino una manifestación de la justicia divina que reconoce la dignidad de toda persona ante Dios.
Al recordar al canónigo hoy, casi un siglo después, también celebramos una visión de la iglesia que se abre al pueblo, que escucha el clamor de los humildes y traduce esa sensibilidad en gestos concretos de justicia y solidaridad. Este episodio no solo enriqueció la historia de la Catedral de Sevilla, sino que también marcó un punto de inflexión en la comprensión de la vocación pastoral al servicio de todos los fieles, sin exclusión por origen o condición. Más de cien años después, este mismo espíritu sigue guiando al Cabildo Metropolitano.