La Iglesia celebra hoy la memoria de San Gregorio Magno, Papa y Padre de la Iglesia, una de las grandes figuras del cristianismo occidental. Su vida estuvo marcada por la misión, la atención a los necesitados y el servicio a la Iglesia. Siglos después, su memoria continúa presente de distintas formas en la Catedral de Sevilla. Hoy recorremos algunas de ellas.
San Gregorio Magno, también conocido como Gregorio I o Gregorio el Grande, vivió en el siglo VI y dedicó su vida a fomentar la misión cristiana y la caridad hacia los necesitados.
Su pontificado dejó una profunda huella en la vida de la Iglesia y su figura continúa proponiendo una enseñanza plenamente actual: entender la responsabilidad y la propia vocación desde el servicio a los demás.
San Gregorio ante la Eucaristía
Nuestra primera parada está en la Capilla de los Evangelistas, donde se conserva el retablo realizado por Hernando de Esturmio en el siglo XVI.
En el centro de su primer cuerpo encontramos «La Misa de San Gregorio», un óleo sobre tabla fechado en 1555.
La escena representa al pontífice durante la celebración de la Eucaristía y recoge uno de los temas más difundidos de su iconografía.
La Eucaristía, en el centro de la escena
En la hostia sostenida por San Gregorio puede distinguirse una pequeña representación de Cristo crucificado.
Es un detalle fácil de pasar por alto ante la riqueza del conjunto, pero que ayuda a comprender el sentido religioso de la imagen: la mirada no termina en San Gregorio, sino que nos conduce hacia Cristo y hacia la Eucaristía que el santo está celebrando.
La tabla forma parte, además, de un programa iconográfico más amplio en el que aparecen los evangelistas y la Resurrección de Cristo.
La pintura vuelve así a recordarnos algo fundamental para comprender el patrimonio catedralicio: estas obras no fueron concebidas únicamente para ser admiradas por su belleza. Nacieron de la Fe y para transmitir la Fe.

Imagen: Escultura de San Gregorio, en el centro, en la Puerta de la Asunción.
La presencia del santo no se limita al interior de la Catedral.
Su figura puede encontrarse también en la Puerta de la Asunción, la gran portada de la fachada occidental del templo, formando parte de su programa escultórico.
De este modo, San Gregorio aparece también en ese patrimonio que la Catedral proyecta hacia el exterior y que, desde sus portadas, pone ante la ciudad figuras y episodios fundamentales de la tradición cristiana.

Imagen: Capilla de San Gregorio
Una capilla dedicada a San Gregorio Magno
De regreso al interior, junto al coro y formando parte del conjunto conocido como Capillas de los Alabastros, se encuentra la Capilla de San Gregorio Magno.
Su hornacina principal está presidida por una imagen del santo realizada a comienzos del siglo XVIII por Manuel García de Santiago, cuya firma aparece en el libro que sostiene la escultura.
San Gregorio aparece revestido de pontifical, con tiara y pluvial. Junto a él aparece una paloma, que, según la tradición recogida por la propia Catedral, simboliza la inspiración divina del Espíritu Santo mientras el pontífice dictaba sus escritos.
Un nombre que sigue sonando en la Catedral
Hay todavía otra presencia de San Gregorio que no podemos contemplar con los ojos, pero sí escuchar.
Su nombre permanece unido al canto gregoriano, una de las grandes tradiciones musicales de la Iglesia. La tradición vincula al pontífice con la organización y compilación del canto litúrgico que terminaría llevando su nombre.
En la Catedral de Sevilla está documentado en su liturgia solemne desde 1478 y continúa siendo hoy el canto ordinario de su Oficio Coral.
Una memoria que permanece viva
Pintura, escultura, música y liturgia nos permiten acercarnos así a San Gregorio Magno desde distintos lugares de la Catedral.
Pero todas esas manifestaciones apuntan finalmente en una misma dirección: un patrimonio nacido de la Fe que continúa ayudando a transmitirla.
Celebrar hoy a San Gregorio Magno es recordar a uno de los grandes pastores de la Iglesia, pero también descubrir cómo su memoria sigue presente en un templo vivo, en el que la belleza, la oración y la liturgia continúan hablando, siglos después, de la misma Fe.