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El ingenio que permitía subir la Giralda a caballo

En pleno mes de abril, cuando Sevilla desborda vida con sus fiestas de primavera y el caballo se convierte en uno de los protagonistas, la Giralda de la Catedral se alza no solo como un icono monumental, sino como un prodigio de la ingeniería. Su secreto reside en las 35 rampas interiores, diseñadas originalmente para permitir el ascenso a caballo hasta la cima, una singularidad técnica que diferencia a este antiguo alminar de las grandes construcciones de su época

A diferencia de las torres convencionales, la Giralda no se concibió con escaleras. El motivo responde a una necesidad funcional: permitir al almuédano (la persona encargada de llamar a la oración) subir a caballo hasta la cima para realizar la llamada a la oración. Para ello, los arquitectos proyectaron rampas lo suficientemente anchas y de pendiente suave como para ser recorridas a caballo.

Aunque el recorrido se realiza casi íntegramente por estas rampas, la subida cuenta con un matiz en su tramo final. Para acceder al cuerpo de campanas es necesario salvar un desnivel mediante 17 escalones. Estos peldaños son los únicos de todo el trayecto y representan el último paso antes de alcanzar la zona más alta del monumento.

Desde el mirador la recompensa es una de las panorámicas más completas de la ciudad. En esta época del año, la vista permite contemplar el casco histórico, los campos del entorno y el cauce del Guadalquivir bajo la luz característica de la primavera sevillana.

La Giralda sigue siendo el faro espiritual de la Catedral y un ejemplo eterno de cómo la funcionalidad y la belleza pueden caminar juntas, rampa a rampa, hacia el cielo.

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