Orfebrería en la Catedral

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La Catedral conserva aproximadamente novecientas piezas de orfebrería que, recientemente inventariadas, son fiel testimonio de la riqueza de su ajuar litúrgico, de las alhajas encargadas por el cabildo, de las sufragadas por las donaciones de los devotos y de numerosos legados.

Gótico

El tríptico relicario, llamado “Tablas alfonsies” es posiblemente una de las obras más antiguas de la colección, que ingresó en la Catedral por el legado testamentario de Alfonso X y está atribuida al orfebre Jorge de Toledo, a quien el mismo monarca encargó un baldaquino para la Virgen de los Reyes. De época del santo rey Fernando III son dos espadas, veneradas como reliquias.

Entre las obras de época gótica destacan las obras donadas por el cardenal Gómez Barroso (+1390), así como el portapaz de Felipe V de Francia y Juana de Borgoña hecho en París hacia 1317 que legó el cardenal Don Jaime de Palafox y Cardona (1701).

Renacimiento

El tránsito del período gótico al renacimiento está magníficamente representado por otro portapaz que perteneció al cardenal Pedro González de Mendoza o por el servicio de altar del cardenal  Diego Hurtado de Mendoza. El relicario del “lignum crucis”, llamado de Constantino, es una delicada pieza renacentista legada por el arzobispo Fonseca.

El mantenimiento del ajuar de plata de la Catedral constituía la obligación del maestro platero, elegido y nombrado por el cabildo desde, al menos, finales del siglo XV. El cabildo, aparte de las obras de estos artistas, hacía encargos para el ajuar litúrgico a los mejores talleres establecidos en la ciudad. Durante el Renacimiento se renovaron las cajas de los relicarios medievales y, a mediados del siglo XVI, encargaron a Hernando de Ballesteros, el Mozo, otras urnas de plata nuevas, dos portapaces para el altar mayor, cuatro candeleros de plata cincelada, llamados los “gigantes”. Obras del mismo periodo son las jarras para los óleos, que se utilizaban hasta hace pocos años, junto con el “aguamanil de la sierpe” y dos cántaros realizados en Amberes, comprados en 1564.

En 1580 el cabildo aceptó la maqueta, que se conserva, de Juan de Arfe para realizar la nueva custodia procesional que, concluida en 1587, fue considerada la mejor de su género. Por las mismas fechas el cabildo encargó otras piezas importantes al platero Diego de Vozmediano, a Francisco Merino (1586) y a Juan de Alfaro el imponente tabernáculo de plata dorada (1593-1596), entre otras piezas.

Barroco

La Catedral conserva una buena colección de bandejas de plata de distinta época y procedencia, unas vinajeras y cáliz de oro legadas por el arzobispo Delgado Venegas e incluso un copón de oro con esmeraldas, brillantes y rubíes empleados todavía en las celebraciones del Jueves Santo. A mediados del siglo XVIII el arzobispo Vizarrón y Eguiarreta, que había sido virrey de Méjico y antes canónigo de Sevilla, legó un servicio de altar y doce imponentes candeleros de plata mejicana. El arzobispo Palafox donó en 1681 el extraordinario busto relicario de Santa Rosalía, obra panormitana de Antonio L. Castelli, e impulsó la realización del gran altar de plata que instalaban en el altar mayor durante la Semana Santa y en el trascoro con motivo de las festividades del Corpus, de la Inmaculada y del triduo de carnaval, obra del platero Juan Laureano de Pina en 1688, que está instalado de forma permanente en la nave del crucero norte.

En 1671, con motivo de la canonización de san Fernando las autoridades civiles y eclesiásticas vieron la necesidad de proyectar una urna para sus restos, que hoy preside la Capilla Real, siendo realizada por Juan Laureano de Pina.

Neoclasicismo y Siglo XIX

Los diversos sucesos acaecidos en los reinados de Carlos IV y Fernando VII llevaron a una incautación de las alhajas de los templos para atender a las necesidades derivadas de la ocupación francesa. Como respuesta a éstas órdenes superiores, el Cabildo tuvo que entregar en pago numerosas obras entre las que se encontraba la custodia de oro labrada en 1752-1791. Luego, la inmediata invasión, hizo necesario trasladar toda la plata a la Aduana de Cádiz, donde permaneció tres años. En 1815, cuando volvió el Tesoro y ajuar, los continuos pagos exigidos habían fundido casi la mitad del altar de plata junto a una parte significativa de la candelaria, piezas de ajuar y relicarios del templo.

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